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Inteligencia VS Felicidad

James Sidas era un genio: a los 18 años ya había publicado tres libros y 38 ensayos científicos. Se le cataloga como el egresado más joven de una de las instituciones científicas con mayor prestigio, el Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT). Diecisiete años después trabaja como mensajero en una empresa; tomó este empleo por voluntad propia hace años, a pesar de que le pagan poco y no goza de ninguna prestación. Un día cae gravemente enfermo. Su médico no se explica cómo el coeficiente intelectual del paciente parece haber descendido de 178 -cifra incluso superior a la de la gente más brillante-a 100 o 115 cuando mucho. Tras una operación, varios estudios y profundas reflexiones, termina por descubrir que desde hace años, Sidas es adicto a un jarabe para la tos que, además de barato, tiene efectos singulares: en grandes dosis, atonta a la gente; a él, que es un genio, solo lo convierte en un tipo normal.

Sidas mismo se justifica: “Trabajo como mensajero porque no tengo que pensar. Pensar era desagradable, nunca podía dejar de hacerlo. Un día conocí a Dara, mi esposa. A ella no le importaban mi inteligencia ni mi potencial. Fui feliz por primera vez en mi vida. Entonces preferí ser feliz a ser inteligente”.

Se necesita al mismísimo Dr. House (la historia anterior está tomada del capítulo 9 de la temporada 6) para descubrir en unos cuantos días las artimañas que puede urdir un infeliz superdotado para dejar de pensar y pasar la vida un poco más contento.

A Jeanne Siaud-Facchin, psicoterapeuta y autora del libro ¿Demasiado inteligente para ser feliz? le ha tomado años de observación y estudio llegar a algunas conclusiones sobre “las dificultades del adulto superdotado en la vida cotidiana’’ (subtítulo del libro) y poder brindar algunas alternativas de solución a lo que es, por lo general, una larga vida de sufrimiento.

La primera conclusión que llama la atención tiene que ver con el uso mismo de la palabra “superdotado”, que hace pensar en gente que tiene comprado el éxito. Nada menos cierto. Lo mismo ocurre con “genio”, “prodigio*’ (aplicado sobre todo a los niños) y otras por el estilo. Los superdotados de Siaud-Facchin son gente que piensa en exceso y siente en exceso; es decir, su dotación de ideas y sentimientos está sobrecargada y los vuelve distintos a todo el mundo. Y aunque la autora sigue usando la palabra superdotado a lo largo del libro, desde el principio nos sugiere que dejemos de creer que las personas que piensan demasiado tienen todas las de ganar y la obligación de ser superiores. Simplemente están dotadas más de la cuenta.

Nada es lo que parece

En la película Rashomon, del director japonés Akira Kurosawa, un samurái es hallado muerto en el bosque. Las indagaciones llevan a la corte a su esposa, quien estuvo presente en el crimen, y a un bandido, acusado de haber dado muerte al hombre. El juez escucha sus versiones de defensa: son distintas pero ambas verosímiles. La cosa no queda ahí: haciéndose presente, el espíritu del samurái narra a la corte una tercera versión, que no tiene nada que ver con las anteriores, pero es igual de creíble. Finalmente, un testigo oculto aporta una cuarta versión diferente que concuerda con las evidencias.

Para el espectador común, la primera versión sería suficiente para crear una entretenida cinta de acción. Al añadir otra, la película entra en el género de intriga y, si quiere divertirse, nuestro hombre normal tendrá que poner mucha atención; con una tercera, las cosas se volverán filosóficas y complejas, y el sencillo espectador dejará de entenderlas. Una cuarta será una verdadera locura.

Desde bebés, la mente de los superdotados recibe y procesa mucha más información que la de los “normales”; lo que para estos es un suceso simple, una película de una sola versión, para ellos permite cuatro, cinco, diez versiones distintas. No solo toman en cuenta lo que está ocurriendo, con sus causas y consecuencias inmediatas; su mente se puede transportar hacia un lejano pasado o un remoto futuro, dar mucha importancia a detalles nimios e incluso considerar lo que habría pasado si el mundo fuera de otro modo. Ante una pregunta sencilla, los superdotados tardan en contestar.

¿A quién le dará el juez de Rashomón la razón? El más justo de todos los jueces, el gran Salomón bíblico, advertiría que no hay solución al dilema y absolvería a todos. Los superdotados son así, siempre. Si se les pide que juzguen la acción del prójimo, tienen en cuenta tantas posibles causas que su respuesta final siempre es la misma: “Nadie tiene la culpa”.

Pero, ¿quién en nuestra sociedad, donde todos nos sentimos jueces o acusados, abogados o fiscales acepta esto como respuesta? Si un grupo de niños habla mal de otro, nadie quita que Juanito opine que el enemigo “tiene razones para ser así, tantas como nosotros tenemos para ser como somos”. Ese Juanito es raro, dirán, y mientras se lanzan a la batalla conrra sus rivales, lo dejarán atrás, solo, deseoso de pertenecer al grupo, pero inca’ paz de actuar sin una razón convincente.

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Los superdotados suelen volverse inadaptados, temerosos, introvertidos y, a veces, reactivos y coléricos cuando se cansan de ocultar su verdadera personalidad para que los demás los acepten. La mayoría de ellos son hipersensibles. No tienen el aplomo del juez para dictar sentencia e irse a sus casas tan tranquilos. Presienten que detrás de toda “verdad” hay afeo turbio y detrás de todo castigo algo injusto. Se identifican con todo mundo y les conmueve el dolor ajeno como si fuera propio, dolor que, gracias a su también superdotada capacidad de percepción, se les aparece por todas partes.

Más precisión

Olivia es una niña de siete años que tiene dificultades con las matemáticas. Para ayudarla, su papá se sienta con ella un día y le pide que resuelva el siguiente problema: en una tienda hay un frasco con seis dulces; un cliente viene y compra dos; ¿cuántos dulces quedan en el frasco? Olivia no atina con el resultado y pronto empieza a hilar una complicada historia , donde al cliente, que es un hombre muy muy pobre, apenas le alcanza para comprar aquellos dos dulces para darle de comer a su hijo hambriento. El papá de Olivia se angustia y no entiende, pero de pronto logra serenarse y… ¡eureka!, da con la respuesta: cuando la niña escucha que hay que resolver un problema, da a esta palabra el significado literal que ella conoce (disgusto, preocupación) e inventa una situación que de verdad sea un problema para alguien. Porque, a decir verdad, ¿qué problema puede haber en que, después de la compra, en el frasco queden cuatro dulces?

Para poder pensar en su superdotación de ideas, para poder poner en ellas un poco de orden, los superdotados, nos explica Siaud Facchin, exigen que las palabras se apeguen a un significado estricto. Cuando es asi, encuentran la solución bastante pronto; es más, una vez que algo les queda claro suelen decir: “Ah, ¿eso es todo? ¡Pero si era muy simple!”.

Sin embargo, la vida cotidiana está llena de equívocos y, la verdad, nadie usa las palabras con precisión; aceptamos lo que los otros nos dicen en gran parte por su tono de voz, por sus gestos o porque los conocemos de hace tiempo. Además, al final, aunque sus palabras no sean rigurosamente precisas, lo que les contestemos tampoco tendrá la obligación de serlo. En general a los seres humanos nos basta con “ir entendiéndonos”.

Pero los superdotados se hacen bolas en este maremág-num de imprecisiones que es el mundo de la gente normal. Aunque solo tratan de ser honestos, pueden parecer pedantes y, así, por ejemplo, cuando alguien les pregunta “¿Qué opinas de los viajes espaciales?”, ellos contestan: “Bueno, todos los viajes son espaciales, ¿no?”. Esa fue la respuesta que dio Jorge Luis Borges a tal pregunta. Pero él era un hombre famosísimo. Si tú le contestas eso a la chica que te gusta, tal vez pensará en salir con otro.

Otro ejemplo: “¿Tú crees que exista la vida después de la muerte?”. “¡¿Cómo puedo creer eso?! ‘Vida’ se refiere justamente a algo que termina con la muerte. Tu pregunta es ilógica… ¡Hey!, espera, ¿adonde vas? ¿Otra vez dije algo incorrecto?”.

 

Soy un superdotado

Si acaso el lector se ha venido identificando con lo descrito y ahora está seguro de que sus dificultades con los demás derivan de su inteligencia superdotada, debe evitar leer el siguiente párrafo.

El superdotado rara vez descubre por sí mismo que lo es. Como dice Jeanne Siaud-Facchin: “…creerse inteligente o, más bien, creer que se posee una inteligencia diferente no suele ser el caso de aquellos cuya inteligencia llega a su punto culminante. La humildad, la duda y poner las cosas en tela de juicio suelen ser los automatismos del pensamiento del superdotado”.

Si elegiste no leer el párrafo anterior, no te preocupes, no te perdiste de nada. Lo único que debes saber es que para que el superdotado pueda reconocerse como tal y empezar a cambiar su vida, lo mejor -en opinión de nuestra experta- es recibir un diagnóstico y para ello es indispensable que, una vez que le ha surgido la sospecha., recurra a un psicólogo competente que le aplique una evaluación intelectual y una seria exploración de la personalidad.
Los tests sobre inteligencia que se encuentran en varios sitios de internet son divertidos y permiten hacerse una idea sobre las propias capacidades intelectuales, pero sus resultados no deben confundirse nunca con un diagnóstico serio.

Si soy superdotado, ¿aceptaré, como el pragmático Dr. House, que la solución es consumir un jarabe para la tos que me vuelva tonto?

El diagnóstico cumple la primera misión de permitir al superdotado revisar su vida anterior bajo esta nueva luz e ir hallando las explicaciones que nunca encontró, a pesar de su gran inteligencia. Con la ayuda de un buen psicoterapeuta, que acepte que una de las principales causas de su inadaptación y sufrimiento se encuentra en el hecho mismo de pensar, la persona puede reencauzar su vida haciendo de su condición intelectual un aliado y no un enemigo oculto como lo había sido hasta ese momento. Es muy probable que lleve tiempo, pero no más que el que le lleva a toda persona que ha tomado conciencia de sí el encontrar y pulir esa capacidad oculta que ha desatendido durante largos años. Reconocerte como lo que eres (en este caso, un superdotado) es un privilegio que hay que aprovechar a la brevedad posible.

Uno para todos

El círculo vicioso, pensar y sentir con demasiada intensidad/ ser rechazado por esto/ detestar esa lucidez personal, puede convertirse en un circulo virtuoso si se aprovecha el intelecto para, por ejemplo, nutrir el propio acervo de intereses (estudiar filosofía es una opción), elegir el tipo adecuado de amigos, realizar nuevas tareas (convertirse en director de algo) y pulir herramientas de comunicación para sentirse mejor con el mundo (entre otras, desarrollar el humor, actividad inteligente por excelencia según el filósofo Henri Bergson, y “fenómeno más importante de la mente humana”, de acuerdo con Edgar de Bono, descubridor del pensamiento lateral, entre otras genialidades).

Es evidente que no todos los superdotados tienen vidas tristes; muchos alcanzan una buena dosis de alegría y algunos un gran éxito. Es cierto que no pocos tienen que esperar a morirse para recibir el reconocimiento.

Quizá tampoco hay, en el grado de inteligencia, una línea divisoria en que pueda decirse: “A partir de aqui usted está destinado a pasarla mal”. Finalmente, la diferencia entre la forma en que pensamos y en la que piensan los demás (¡diferencia inevitable!) nos destina a todos a un cierto grado de dificultad y sufrimiento. En ese sentido, los descubrimientos de Jeanne Siaud-Facchin nos aluden a todos, y su llamado final a defender la propia originalidad: “Guarda todos esos tesoros que te hacen un adulto distinto”, es una invitación extendida en general a la especie humana.

Pero a los que sí son superdotados (ese 2% de la población que está en el extremo del hiperdesarrollo intelectual) saber que lo son, que esto ha sido buena causa de su impotencia y que hay alternativas y gente interesada en ayudarle, puede compensarles años de extremo embrollo y permitirles empezar a regalar a los demás (¡por fin!) ese flujo espectacular de riquezas que siempre han querido darles.

 

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