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¿Podemos comunicar con nuestro pasado?

No tiene puertas, engranajes móviles ni relojes y, sin embargo, podría ser capaz de transformar un asunto de ciencia-ficción en tecnología real del siglo XXI. Así, al menos, lo cree su diseñador, el profesor Ronald Mallett, quien ha invertido toda su carrera profesional en llevar a cabo este experimento.

En el fondo, el planteamiento teórico de Mallett siempre había estado allí, pero nadie parecía haberlo visto. Desde que Einstein en 1905 expuso su Teoría de la Relatividad quedó perfectamente claro que en nuestro Universo había tres entidades íntimamente relacionadas: la energía, el espacio y el tiempo. La conexión entre sí resulta tan estrecha que, al variar cualquiera de ellas, estamos alterando en cierto modo las demás. El tiempo, por tanto, podría ser modificado; de hecho, ocurre constantemente. No existe algo así como un reloj cósmico centralizado. La línea temporal es independiente en cada rincón del Universo y para cambiarla sólo existen dos maneras: utilizando la velocidad o la fuerza gravitatoria.

Pero Mallett descubrió un tercer camino y, bajo su punto de vista, asequible para la tecnología actual. En lugar de usar la masa para curvar el espacio, lo que requeriría de objetos con un tamaño descomunal e imposible de afrontar por el hombre, cabía la posibilidad de emplear energía luminosa. Si logramos que un fotón se desplace en zig-zag por el espacio -por ejemplo, haciéndole rebotar entre espejos-, tardará más tiempo en recorrer una misma distancia. Al no ir más lento, porque la velocidad de la luz es una constante universal, lo que ocurre es que la dimensión que se resiente es el tiempo interno del fotón y el espacio externo al mismo. La partícula queda ralentizada o aparenta viajar más despacio frente a un observador exterior. Pues bien, el cilindro de luz desarrollado por Mallet pretende recrear dicho escenario.

Mediante rayos láser y dispositivos ópticos está experimentando para generar un pequeño vórtice espacio-temporal. Confía en que el haz de fotones curve el espacio a su al rededor y, con dicha distorsión, también se ralentice el tiempo que trascurre dentro. Ahora bien, ahí no acabaría el experimento. El segundo paso a dar no sería menos increíble. Como el dispositivo es de pequeño tamaño y no está concebido para introducir un hombre dentro de él, al menos Mallett confía en poder usarlo como “teléfono del tiempo” y enviar información al pasado.

La idea es introducir en el cilindro partículas subatómicas en diferentes estados a modo de las letras de un mensaje. La partículas cuentan con una propiedad llamada espín que representa su momento angular. Algo parecido a la dirección en que rotan, aunque no es exactamente eso. Si el espín está orientado hacia arriba, entonces Mallet le asignaría el valor L En cambio, si la orientación del espín va hacia abajo, le daría el valor O. Mediante este código creado por simple asociación, el profesor quiere redactar mensajes en binario, cuyos caracteres fundamentales se reducen a combinaciones de ceros y unos. Una especie de sistema Morse espacio-temporal. ¿A quién enviará los mensajes? De momento a él mismo, porque la máquina del tiempo de Mallet tiene una importante limitación: sólo puede viajar hasta el instante en que fue fabricada y puesta en funcionamiento. No más atrás. Quizás esto explique por qué no hay señales de crononautas en la actualidad. Hasta que no se construya la primera, no advertiremos su presencia.

viajar en el tiempo

 

No obstante, si su dispositivo sale adelante y se mantiene en marcha durante décadas, las próximas generaciones podrán comunicarse enviando mensajes binarios hasta nuestro tiempo. Incluso, Mallet siente vértigo al pensar en el día en que su experimento al fin funcione. ¿Se encontrará algún mensaje enviado por él mismo años después o por un colega del siglo XXII? Pudiera ser, aunque el proyecto presenta complicaciones. Algunos científicos discrepan de los planteamientos teóricos de Mallet. Opinan que necesitará mucha más energía de la que estimó a priori o que el cilindro deberá encontrarse a un temperatura próxima al cero absoluto (-273°C). Sin embargo, la única manera de comprobar la exactitud de sus ideas es llevándolas acabo.

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