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Chillingham, el castillo de las almas en pena

En la vieja frontera entre Inglaterra y Escocia se halla un castillo evocador, con una historia tan longeva que parece que cada piedra ha sido colocada como un testamento que ofrece a las generaciones venideras un relato sembrado de dolor, sangre y mucho misterio. La fortaleza se encuentra muy cerca del pueblo del mismo nombre, v desde el siglo XII en que fueron levantadas las primeras murallas hasta 1980 perteneció a los condes de Tankcrville.

Afirman los cronistas que en el año 1298, cuando William Wallace no era más que un muchacho de apenas 26 años que ya atemorizaba a las tropas inglesas y jaleaba sobre los verdes campos a los clanes escoceses, el propio monarca estuvo varios días pernoctando en el castillo de Chillingham, intentando orquestar una táctica que acabara de una vez con la vida de su advenedizo enemigo. Y fue durante esas jornadas cuando se decidió que la habitación real debía de tener una salida al exterior, ya que el hedor que recorría los rincones del edificio se hacían insoportables hasta para un monarca aguerrido como Eduardo I.

A lo largo del XIV vio reforzada su estructura defensiva, simplemente porque al estar situado en un punto tan estratégico era lugar constante de batallas y asedios por parte de los diferentes ejércitos que se hacían con su posición. Y así, porque en un lugar como éste ni las almas en pena pueden descansaren paz, durante la II Guerra Mundial fue usado por la milicia como cuartel, tras lo cual cayó en un paulatino abandono hasta que, a principios de los ochenta del pasado siglo, alguien volvió a fijar su mirada en él, y lo compró. Fue Sir Edward Humphry Tyrrell Wakefield, Segundo Barón de Kendal, que cumpliendo el sueño de su esposa Catherine -que era descendiente de los Grey de Chillingham, los edificadores del castillo-lo adquirió, reformó y convirtió en el espléndido hotel que es hoy día.

Pues bien, parece ser que al remover tanta piedra despertaron esa parte etérea que parece revestir a estos edificios, y como no podía ser de otro modo, encontrándose entre Inglaterra y Escocia, de el se dice que es el castillo con más espíritus de esta parte del Reino Unido.

Uno de los más célebres es el conocido como “chico triste -o azul-, según las versiones”. La historia es aterradora porque hasta no hace demasiado, v a la luz mortecina del plenilunio, era habitual escuchar los terribles lamentos que partían de las galerías inferiores de la fortaleza, recorriendo todos y cada uno de los pasillos, helando, porque así era, la sangre de quienes se hospedaban en sus habitaciones. Incluso los testigos afirman que en ocasiones, al abrir la habitación de la que parecían proceder los gritos, era habitual encontrarse a un muchacho de tez cadavérica tumbado sobre la cama, del que parecían destellar haces de luz azul.

Siempre se ha dicho que lo que avala una buena historia de fantasmas es la falta absoluta de pruebas, pero es que en este caso, además, durante las obras de restauración de una de las estancias, al horadar uno de los gruesos muros -tres metros ni más ni menos- descubrieron tras el mismo un falso fondo en cuyo interior se encontraban los restos óseos de un adulto, v de un muchacho, lo que alimentó aún más la imaginación de quienes pensaban que, ahora sí, quedaba demostrado que el “muchacho triste”, al menos una vez, vistió de carne los viejos huesos que acababan de encontrar.

Incluso hay quien va más allá asegurando que la causa de su padecimiento tiene nombre y apellido: el de otro de los espíritus más grotescos que vagan su pena por este lugar, un desagradable torturador que en tiempos de guerra no distinguió de carnes viejas o jóvenes para clavar las puntas de su látigo. Era despiadado y se llamaba John Sage, y de él se dice que también se manifiesta cómo, cuándo y dónde le viene en gana para hacer de las noches de descanso de los huéspedes, inolvidables madrugadas de pesadilla.

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No me gustaría olvidar a uno de sus fantasmas más ilustres: la dama de gris, Lady Mary Berkeley, de la que se dice que continúa paseando su dolor por los rincones de la que fuera su casa en otro tiempo. A decir de los testigos su presencia se percibe rápidamente, incluso sin necesidad de verla, ya que un frío helador se apodera de aquel al que la misteriosa dama se arrima. Fue el desamor el que se la llevó a la tumba, una vez su esposo Lord Grey de Wark y Chillingham la abandonó por otra mujer, se dice que más bella, y que además era hermana de la primera. Lady Mary Berkeley no se recuperó jamás, y antes de fallecer rota de tristeza, juró venganza contra su esposo y contra todos los descendientes de la familia Grey. I Iay que recordar que la esposa del actual dueño, y su descendencia, representan los restos de este antiguo linaje. Así que cuidado…

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