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Una explicación

Tranquilo. Tranquilo. Entiendo que te pongas así. Sólo voy a pedirte unos minutos. Sólo unos minutos. Necesito… hablar con alguien…

Mi nombre es Emilio. Siguiendo los pasos de mi padre, también me dedico al transporte por carretera Tuve otras opciones, pero al terminar mis estudios creí necesario continuar con la labor que él inició y que tanto sacrificio le llevó.

Antes, ya había hecho mis viajes como cualquier otro camionero, algo más cortos, pero sí sumé una buena suma de kilómetros al volante. Sin duda, para un chico joven como yo, era una oportunidad única de sa car un algo de dinero para mis gastos, pero sobre todo suponía la posibilidad de formarme en el que quizás acabara siendo mi oficio. Descubrí mi vocación, pero el tiempo no…

Siempre me preguntaba cómo ingenieros o arquitectos abandonaban los trabajos para los que se habían preparado para optar por otros, digamos, menos cualificados. Damián, un vecino que teníamos en nuestro piso de Madrid, dejó un bufete de abogados para opositar a bombero. Estuvo años hasta que lo consiguió, pero a partir de entonces fue feliz. Y en eso reside todo… en ser feliz con lo que uno hace y tiene. Y uno es feliz hasta que pierde lo que más quiere… No hay nada como separarte de tus seres queridos.

Entiendo tu cara. No quiero hacerte nada malo, no podría hacerte nada malo, pero…

Aquellas horas que acumulé al volante sirvieron para que recapacitara acerca de muchas cosas. En cada viaje encontraba algo en mí que me hacía entender que el tiempo pasaba y que tarde o temprano llegaría el momento de tomar decisiones importantes. Todas estas decisiones tenían que ver con lo que no hacía mucho percibía desde la distancia, pero que ya comenzaba a dar golpes en mi hombro poniéndome en alerta. Me estaba convirtiendo en un hombre. Me hacía mayor. Y eso que apenas tenía veintitrés años. Era algo que lejos de angustiarme, me gustaba. Era mi último año de empresariales, tenía una pareja estable con la que dibujaba un futuro y construía ilusiones.

No había nada que pudiera pararme en mi camino a lo que antes mencionaba, a la felicidad.

A la vuelta de un viaje, recuerdo que era septiembre, me senté con Paloma, mi novia, y le hablé de la posibilidad de dedicarme al transporte por carretera. Al principio surgieron muchas preguntas. Ella pensaba que podría optar a una gran empresa o incluso ampliar mis estudios, al fin y al cabo todavía no teníamos familia ni grandes responsabilidades. Pero en ningún caso me habló menospreciando mis intenciones, las respetó, pero sí me pidió que lo pensara algo mejor. Mientras, podría ir haciendo extras, tomar mi tiempo. Pero desgraciadamente los acontecimientos se precipitaron.

Una semana después mi padre falleció.

No hizo falta decir ni hablar nada más. Si había alguien que podía hacerse cargo de todo, era yo. El apoyo que recibí fue total, lo que sin duda facilitó las cosas. Pero no por ello debía ser fácil. Dos empleados que teníamos optaron por mejores ofertas, algo que era comprensible y que ya habían acordado personalmente con mi padre. Ni podía ni quería oponerme a ello. Ellos también habían hecho que la empresa se mantuviera en la carretera, relevo que tomé con todas las fuerzas que mi padre me había dejado… Con todo lo que él me había enseñado.

¿Has perdido algún ser querido? ¿Has perdido alguna vez a alguien que consideraras insustituible?…

Un mes y medio después del fallecimiento de mi padre, salí de Madrid con destino a San Sebastián pasadas las once de la noche. No estaba previsto que saliera de viaje, pero las circunstancias se dieron así. Por algún que otro problema en la carga de la mercan cía, ya iba con retraso, y a pesar de que lleva ba en pie más de veinte horas, decidí hacer el trayecto sin paradas. Esto es algo que ni por asomo aparece en el manual del buen camionero. No sólo pones en peligro tu propia integridad, también arriesgas la de otros… Pero pensé que por una vez no ocurriría nada, además era algo que me veía obligado a hacer. No podía permitirme errores nada más coger las riendas de la empresa. Era joven, lleno de energía y con unas ganas tremendas de demostrar que podía hacerlo. Primero escuché música, después puse la radio y hablé un rato por la emisora con otros  compañeros. Por lo que ellos decían y por lo que yo mismo adivinaba en el exterior, no me toparía con adversidades climatológicas, sólo un poco de niebla a la altura de Burgos, pero nada realmente importante. No tenía nada más que ladear la cabeza y mirar hacia el cielo… La noche era espectacular, una luna llena perfecta, brillante como nunca antes había contemplado, un firmamento repleto de estrellas, sin nubes, nada de viento y además absolutamente nadie en la carretera… Tanta tranquilidad ahí fuera resultaba inquietante.

Nunca había creído en ello, pero casi sin querer comencé a pensar en historias que escuché en boca de otros cancioneros y que en más de una ocasión hicieron que tapara mis oídos cuando era un crío. Historias que hacían que de inmediato tomaran por loco a aquel que las contara, salvo que el que las escuchara también las hubiera vivido. La soledad de la carretera da para mucho, uno nunca sabe lo que puede encontrar en ella. En apenas minutos puedes convertirte en el único ser humano en kilómetros a la redonda. El único ser… ¿humano?

Es mejor que te relajes. No  creo que falte mucho… Siempre es igual Una y otra vez se repite. Necesito terminar. Necesito que…

Llevaba dos o tres horas al volante. Los kilómetros cada vez se hacían más largos, tanto como las rectas que se perdían en la oscuridad de la noche. Pasaban los minutos y apenas me cruzaba con otros vehículos. Llegó un momento en el que incluso mi cuerpo reaccionaba automáticamente. Perdía peligrosamente la atención sobre la carretera. Un leve cosquilleo, acompañado de esporádicos calambres, comenzó a recorrer mis piernas y brazos. Encontrar una postura cómoda se convertía en una difícil tarea. Recliné el cabecero, utilicé un pequeño cojín, pero nada me devolvía la comodidad. Luchaba contra algo evidente, el cansancio acumulado comenzaba a pasar factura.

Aprovechando una larga recta comencé a girar la cabeza en círculos. Quería liberar un poco de tensión. Las dos últimas semanas habían sido muy duras. Cargué con demasiado peso, y no me refiero al peso de la mercancía, eso ya lo hacían los toros mecánicos. No acostumbraba a delegar en nadie, quería estar encima incluso del trabajo que no me correspondía. Entonces comencé a pensar en ella, en Paloma. Recordé, imaginé su voz regalándome calma. Nada como sus palabras para hacerme respirar. Los pensamientos se enlazaron, una sonrisa dulce arqueó mis labios, cerré los ojos un segundo, dos segundos, y…

No sé si creerás lo que pasó… Nadie en su sano juicio lo hubiera creído, ni tan siquiera yo…

De repente, sentí como si algo o alguien me pusiera su mano en la frente y levantara mi cabeza para avisarme de que llegaba al final de la recta. No estoy seguro de qué es lo que más me asustó, si encontrarme de repente a la entrada de una curva o aquella sensación sobre mi frente. Una sensación fría y seca, una especie de descarga que me activó y me llevó de vuelta a la realidad. Justo a tiempo giré el volante y pude tomar la curva a izquierdas. Miré por el retrovisor, contemplé el remolque balancearse. Faltó muy poco para salirme de la carretera.

Estoy cansado, estoy demasiado cansa do, pensé. Es lo primero que me vino a la cabeza. Seguramente me había quedado dormido por unos instantes, bajé la guardia y una cabezada me pilló por sorpresa, a traición. No podía permitirme otro susto. Tenía que espabilarme. Agité mi cuerpo, eché un par de tragos de agua y me remangué las mangas de la camisa. A continuación puse de nuevo la radio para distraerme un poco.

El cosquilleo y los calambres cesaron en pocos minutos, los dolores en cuello y espalda no eran tan intensos y la sensación de sueño había desaparecido. La idea de parar en la siguiente estación de servicio, aunque sólo fuera para estirar las piernas, cobraba fuerza. No me andaría con tonterías. Mi padre decía que un susto y nada más, un aviso ya era suficiente. Los cancioneros, aunque hechos de otra pasta, no dejan de ser humanos. Me encontraba mejor pero…

El vello de mi brazo derecho se erizó de repente, miré las ventanillas del camión buscando la causa de lo que había sentido, pero estaban cerradas. ¡Era imposible! ¡Era imposible! Pero juraría que una brisa muy leve pero gélida… se había deslizado a lo largo de mi brazo. Perfectamente sentí que dicha caricia invisible se inició casi en el codo, luego recorrió el antebrazo y por fin se perdió entre mis dedos…

Quizás entiendas lo que digo. Me gustaría que me lo contaras. Querría escuchar tu voz aunque sólo fuera para… Es lo único que necesito…

Sin tiempo para asimilar lo que había ocu rrido, una fuerte presión apretó mi pecho, apenas podía respirar, quería… pero… no podía moverme, fue entonces… cuando noté cómo los dedos de una mano se deslizaban desde la nuca hasta la parte superior de mi cabeza… a través del pelo… Cinco dedos, ¡eran cinco dedos, por Dios!

Ni siquiera pude articular palabra. Aterra do, casi de reojo, miré el retrovisor interior. Quería comprobar que alguien más estaba allí dentro conmigo. Pero no había nadie. Tampoco estaba dormido, era plenamente consciente de todo. Avanzaba por la carrete ra, la radio sonaba e incluso podía escuchar cómo mi respiración sonaba cada vez más acelerada. Alguien más debía estar allí con migo. No estaba soñando. ¡Había alguien más en la cabina!

Esa es la cara, ese es el gesto… ¿Me entien des? ¿Entiendes ahora lo que quiero decir?…

Entonces mis labios se despegaron, ¿quién eres?, pregunté tembloroso. La respuesta no se hizo esperar. Fue algo… increíble. Los cristales de la cabina se empañaron, fue como si una inmensa respiración los hubiera cubierto de vaho en un segundo. Instantes después se aclararon por completo. Miedo, terror, pánico, angustia…, palabras que se quedan cortas para describir lo que a conti nuación se apoderó de mí.

Necesitaba hablar con alguien, necesitaba comprobar que no me había vuelto loco. Entendí todas aquellas historias que había escuchado. Yo ya era uno de ellos. Un camionero más que tenía su experiencia inconfesable, su pesadilla al volante… Cogí la radio e intenté sintonizar algún canal. Me sentía inútil. Entre los nervios y el susto que aún tenía, el aparato cayó entre mis piernas. Tiré del cable pero no había manera, debió de engancharse bajo el asiento… o quizás en mi pie. No sé qué pasó. Maldije en silencio y me agaché un poco para cogerlo.

Dime algo por favor. Necesito que me digas que me entiendes, que sientas que esto es real… Que ahora sientes lo que sentí yo…

Cuando lo tenía entre mis dedos, por debajo del asiento…, en un instante inferior a un segundo, surgió una mano de la nada que se agarró con fuerza a mi antebrazo. Sentí cómo sus uñas se clavaban en mi piel como alfileres de hielo. Mi gesto se paralizó. Ni tan siquiera grité. Sólo me fijé en su piel blanca, en sus venas moradas y… recuerdo que perdí el control del camión y todo comenzó a dar vueltas a mi alrededor a cámara lenta. Desde entonces, siento que no soy el mismo…

Y Por aquí ando, perdido en la misma carretera. Sin tiempo que recordar y sin po sibilidad de volver atrás… Intentando parar a alguien que sepa darme… una explicación. Una explicación.

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